miércoles, 9 de febrero de 2011

BATERÍA BAJA


No sé por qué ni cuándo empezó a torcerse todo. Pero no porque hubiera pasado algo, sino porque en realidad eran varias las posibilidades que podían justificar que ella saltara de la cama, y se vistiera tan rápido como solo un hombre sabe hacerlo. La verdad es que en esos momentos yo también sentí tener motivos para estar dolido. Porque después de la noche de sexo que habíamos tenido, tiraba de la sábana para taparse. Lo peor para mí, y en eso reconozco que ella no tenía culpa, fue que en ese momento me dí cuenta de que había olvidado quitarme los calcetines al meterme en la cama con ella. Algo que, si quiero ser honesto, debo achacar a mi falta de costumbre en estos meses de invierno. El caso es que mientras ella se tapaba, a mi me dejaba al aire mis partes más íntimas. A mí ya me habían dicho otras veces que eso no era importante. Lo del tamaño digo. Y más si cuando se está en lo que se está, la cosa variaba sustancialmente. De tamaño, digo también. Pero así en frío, después de las copas que habíamos tomado, y con esas enormes ganas de orinar que tenía, sentía una cierta, diríamos, incomodidad.

Lo cierto es que realmente no sé por qué tomó esa decisión tan drástica. Reconozco que en la fiesta para divorciados ligamos por descarte. Entre los sacaron el revólver rápido, dicho sea esto en tono alegórico, y a los que con el alcohol les dio por llorar, los primerizos que llegan cada semana, no lo tuve fácil. También es verdad que a mí me gusta amortizar la entrada. Aunque debo reconocer que no soy de esos que tienen un atractivo, arrebatador, por decir algo que se entienda. Lo mío es más de conversar, de compartir aficiones, incluso también me va hablar de algún tema intelectual que no sea demasiado elevado. Un ligue con encanto, sí, así podría definirme. Y así, si aguantamos hablando diez minutos de reloj, la cosa no falla y nos vamos a la cama. Reconozco que esta estrategia tiene sus riesgos, porque una vez estuvo a punto de tocarme mi ex, que viene de vez en cuando por aquí desde que se cansó de ella su profesor de pilates.

A mi me gusta siempre recodarme en una esquina de la barra, con visión estratégica sobre la pista de baile. Un sitio para dejarme ver, y para iniciar el proceso de selección, porque bailando pierdo bastante. Allí solía echarme antes un cigarrito tras otro para ir armándome de paciencia hasta que la pieza cayera en la red. Ahora, con la nueva ley antitabaco se me fastidió el invento, pero he aprovechado para intentar dejar de fumar. La verdad es que cuesta, y no solo por la voluntad que hay que tener. Porque al salir de la farmacia de mi barrio con el tratamiento completo, me había dejado allí media paga.

Y hete aquí que esta noche había venido yo con mis cigarritos mentolados, mi parche de nicotina puesto, y unos chicles de fresa, también de nicotina, por supuesto, que esta vez me daría un cierto aire americano. Y buen aliento para luego. Además, tampoco había olvidado tomarme la pastilla que me habían recetado para que me quitase la ansiedad. La cosa ya estaba declinando cuando ella vino a pedir un cubata a mi esquina. Sentí algo de taquicardia, que achaqué al parche de nicotina, como me previno el farmacéutico. Quizás por ello entré en la conversación antes de lo que hubiera hecho cualquier otro día. Todo fue bastante rápido, porque a los cinco minutos ya estábamos en la puerta de mi casa. Esta vez recortamos la conversación. El zaguán fue testigo de eso que le llaman escarceos previos, que también fueron breves porque la llegada del niño del tercero izquierda hizo que nos abrochásemos algún que otro botón que había saltado. Hasta ahí, bien.

Le ofrecí una copa que tuvimos que tomar a medias, porque se me había olvidado rellenar de agua los cubitos del congelador, y solo quedaban tres. Los hielos se movían cuando cualquiera de los dos acercaba sus labios a la copa. Recordando de otras veces, de cuando salían bien las cosas, giré la copa para beber por el lado en el que ella había dejado la huella de su carmín. Creo que esta vez no se dio ni cuenta.

Y de lo que pasó después, contaré lo que se puede contar. No soy de detalles escabrosos que cualquiera puede imaginar Lo que todos hacemos, o haríamos en una situación similar, pero demasiado rápido. Yo creo que debe ser por tantos medicamentos. No tanto el que yo resistiera poco, que no es la primera vez que me pasa. Lo que sí me preocupó es que después no diera yo para una segunda oportunidad, usted me entiende. Mira que ella lo intentó, en eso he de reconocerle su interés y su voluntad. Pero no hubo manera. Como imaginaba que no iba a colar eso de estoy nervioso o es la primera vez que me pasa, y antes de que ella le quitase importancia al asunto, como es propio en estos casos, opté por hablarle de sentimientos encontrados, que podía haber influido la profunda impresión que me había causado….Yo creo que al final dije lo mismo, pero con otras palabras, lo que no sé si es un alivio. Está claro que por ahí había empezado a torcerse la cosa.

Aún así, ella se me echó sobre el pecho, lo que hizo que me quedase más tranquilo. No estaba todo perdido. En ese momento, sentí la necesidad de fumarme un cigarro, como tantas otras veces. La verdad es que no sabía si ella fumaba o no. Y digo ella porque es que soy muy malo para quedarme con los nombres. La ley nueva no prohíbe fumar en las casas, pero no quería ser descortés, después de la metedura, dicho sea sin segundas, de pata. Así que opté por encender el cigarro electrónico que me habían vendido en la farmacia. Nada más encenderlo, un intenso aroma, nada parecido al eucalipto del que me habían hablado, y más próximo al pachuli de mi juventud, inundó la habitación. Una señal roja de batería baja señaló que algo no iba bien con el cigarro. El farmacéutico me había dicho que venía cargado de fábrica, pero estaba claro que no era así. Y recuerdo bien que le pedí de aroma eucalipto, y no de ningún otro. El caso es que el olor era bastante desagradable. A pesar de todo, opté por pegarle una calada, pero empezó a pitar. Ella me sonreía, pero ya noté que no era esa una sonrisa franca y cómplice. Estaba perdiendo la batalla.

Saqué el cargador de la caja, que claramente ponía “tropical flavours extreme sense”, y lo enchufé. Al momento una luz naranja intermitente señalaba “cargando”. Sentí, aunque no sé bien por qué, un cierto alivio. Pero ella ― ¿cómo se llamaba por Dios? ― quiso probarlo, y trató de alcanzar por encima de mi cuerpo la mesita de noche. Sentir sus pechos desnudos sobre mi torso me hizo tener la esperanza de que aún había una oportunidad para mí. Pero sucedió lo inesperado. Iba a preparar mi absolución sexual, cuando ella dio una calada al cigarro electrónico, que permanecía enchufado a la red. El calambrazo fue de impresión, y me pilló a mí también, que estaba debajo. Su boca, mi pecho, la taquicardia….los calcetines.

Y el resto ya lo sabe usted. Hace un momento que salió dando un portazo. Creo que dejaré de ir a estas fiestas por el momento. Voy a probar con el pilates.

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