viernes, 17 de diciembre de 2010

LA HERENCIA DE LOS DE PABLO- FERRER


Un dolor intenso en los nudillos sintió el doctor Javier de Pablo- Ferrer al llamar a la puerta del salón en el que le esperaba su madre. La madera parecía guardar todo el frío del invierno, al igual que el pomo, que se mojó por el sudor de sus manos cuando doña Catalina, viuda de Pablo- Ferrer, accedió a que su hijo mayor, y único varón, pasase a verla.

Doña Catalina no se movió de su sillón junto a la ventana, ni advirtió cómo su hijo se le acercaba secándose las manos en el pantalón. Tan solo puso la mejilla para recibir su saludo.

Javier se sentó frente a su madre, Tras la ventana, podía ver a Braulio el jardinero y su hijo, recogiendo naranjas de los árboles del jardín. Incluso percibía el vaho que desprendía su boca al dirigirse al muchacho. A pesar del frío de enero, al hijo de doña Catalina le seguían sudando las manos.

― Y bien, Javier, vamos al grano, ¿lo has pensado mejor?

A pesar de que estaba seguro de lo que iba a contestar, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta

― Sí, mamá. Quiero casarme con Remedios.

Se hizo el silencio durante unos segundos, que al primogénito de los de Pablo- Ferrer, le parecieron inacabables.

― Muy bien. No tenemos nada más que hablar. No permitiré que una cualquiera herede lo que tu padre con tanto esfuerzo consiguió.

Doña Catalina dejó de hablar por un momento, antes de proseguir:

― Has querido ser pediatra, en lugar de tener una especialidad de más prestigio como la de tu padre, corazón y pulmón. Y de medicucho por esos barrios de extramuros, pasan esas cosas, que te encuentras a una cualquiera y te pesca.

― Mamá, Remedios no es…

― ¡Esa mujer no es de tu clase! ― le interrumpió ―. Esa mujer no tiene modales, no tiene lo que hay que tener para entrar en esta casa…. Nada más que por la puerta de atrás.

―….

― ¡Abelardo, traiga el abrigo del señorito, que se marcha ya!

Doña Catalina salió por la puerta del salón nada más entrar Abelardo con el abrigo y el sombrero de su hijo.

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Javier de Pablos ya había pedido un café cuando advirtió la entrada de su mejor amigo, el doctor Jacinto Rodríguez.

― Perdóname el retraso, Javier. Me he retrasado con un paciente y…ya sabes cómo son las cosas ― se disculpó mientras dejaba su abrigo en una silla vacía ―. Pero dime, ¿cómo te ha ido? Tienes mala cara muchacho.

― Deheredado, Jacinto ― respondió mientras se secaba las manos con una servilleta ―. Pero decidido a casarme con Remedios.

Jacinto pidió otro café. En el periódico que tenía Javier sobre la mesa, se daba la noticia de la llegada de Franco a Sevilla, para inaugurar las obras de la Corta de La Cartuja, que debían terminar con las riadas del Guadalquivir.

― ¿Y qué piensas hacer? Te lo digo porque no pasa nada con empezar desde cero. Fíjate yo, tú sabes de la familia que vengo, y aquí estoy, de médico aunque sea con becas. Pero tú, ¿te acostumbrarás a no tener cuatro criadas, Javierín?

― Eso no me importa ― respondió Javier sonándose la nariz con un pañuelo manchado con gotas de sangre.

― Javier, ¿qué es esa sangre? Tienes mala cara, estás sudando otra vez, como la semana pasada. Y estás más delgado. ¿Por qué no te haces unos análisis?

― Jacinto, quiero que tú y Esperanza seáis nuestros padrinos de boda. Ya está todo arreglado. Nos casará don Rosendo en San Bartolomé. Dentro de dos domingos, a las siete de la mañana.

― Pero Javier, ¿a qué viene tanta prisa? ¿Está….?

― No digas tonterías, coño. Te pareces a mi madre.

Javier pidió otro café y encendió un cigarro. Se puso a mirar el vidrio gigante de Brandy 103, que adornaba una de las paredes del bar, a través de cuyo reflejo habían ligado más de una vez. Hoy le parecía más viejo y descascarillado.

― Quiero casarme y ya está. ¿Mi madre no me ha desheredado ya? Pues ya está, acabemos de una vez. Hemos visto una casita por el Tiro de Línea, y allí nos pensamos ir a vivir.

― ¿Y tú vas a ser capaz de vivir en el Tiro de Línea? Tú, que siempre has vivido en La Palmera. Javier, ¿estás seguro de lo que estás diciendo?

Javier sacó una aspirina del bolsillo de su chaqueta y se la tomó con el café.

― Muchacho, ¿estás bien? Tienes que hacerte los análisis. Parece que no fueras médico.

El mayor de los de Pablo- Ferrer miró a los ojos de su amigo. Tiró el cigarro al suelo y lo pisó.

― Ya me he hecho los análisis. Tengo lo mismo que mi padre ― miró hacia ninguna parte y continuó ―. Mi madre dice que me ha desheredado, pero esta herencia no me la ha podido quitar.

― Pero…

― Ni pero ni nada, Jacinto. ¿Querréis ser nuestros padrinos?

viernes, 29 de octubre de 2010

UN CRIMEN PERFECTO


Juana emigró a Alemania nada más casarse con Ernesto. El plan Marshall nunca llegó a España, pero sí que lo hizo a muchos españoles, que se desplazaron a los países destruidos por la guerra a buscarse la vida. Los hijos fueron llegando y los ahorros que iban juntando se guardaban para el regreso a la tierra que les vio nacer, pero que nunca fue generosa con ellos.

Desde chica, Juana no había aprendido a otra cosa que a decir que sí. A decir que sí a una madre de carácter fuerte; a decir que sí, aunque fuese en otro idioma, a la señora de la casa en la que trabajaba; a decir que sí a un marido que la eligió por esposa, y que le pedía abrirse de piernas cuando regresaba de la fábrica.

Un buen día regresó a su tierra. Habían comprado un pisito en un barrio modesto que ni existía cuando se marcharon. Ya regresó sola con Ernesto, porque los hijos ya no eran españoles, y el frío al que ella nunca se acostumbró, formaba parte de la vida de los hijos que criaron. Ya ni sus nietos eran capaces de chapurrear palabra del idioma de sus abuelos.

Al poco de regresar a España, la salud de Juana comenzó a empeorar. Ernesto seguía sin ayudarle en la casa ni con las compras, a pesar de que jamás se separaba de ella. Le esperaba siempre a las puertas de un supermercado, de capital alemán, por supuesto, del que ella salía cargada de bolsas. No sé sabe qué fue primero, si la ansiedad que hacía que la tensión se le disparase, o al revés. El caso es que la tensión estaba alta y los nervios a flor de piel. Cada vez que iba a la farmacia, su farmacéutica, tan atenta y tan agradable con ella, apenas sacaba de ella una sonrisa, que ni siquiera podía dejar de traslucir su tristeza. A la puerta, Ernesto la esperaba con las bolsas que ella debía llevar hasta su casa.

Un día su farmacéutica hizo un curso de esos que te enseñan atención farmacéutica por ordenador, y pensó que Juana podría ser su primer paciente. Ya estaba tratada con un antihipertensivo suave, y con un hipolipemiante que decía sentarle muy mal y ponerla muy nerviosa.

Juana no supo decir que no a su farmacéutica. Total, había dicho que sí siempre a todos, y esta no iba a ser una excepción. Además, le recordaba a su hija, que también había estudiado Farmacia en Alemania y trabajaba allí.

Unos días después de aquella amable y extensa entrevista, su farmacéutica le propuso enviarle un informe a su médica. Había encontrado que el tratamiento de la tensión había que cambiarlo, y que el del colesterol podía estar agravándole la ansiedad. Volvió a ponerse muy nerviosa, porque sabía cómo se las gastaba su médica, siempre muy antipática con ella, sobre todo desde que le había hablado de su hija la farmacéutica. Una vez más, dijo que sí.

A la mañana siguiente, su farmacéutica esperaba con tanta ansiedad como Juana, la respuesta de la médica a su primer informe. Pero ese día no apareció por allí. El auxiliar de la farmacia le decía que había pasado lo que imaginaba, porque las farmacias estaban para vender medicamentos y no para hacer de médicos. Mientras tanto, el otro compañero farmacéutico sellaba recetas, y aunque no decía nada, se alegraba del fracaso de su compañera. Su lema siempre había sido no hacer ningún trabajo que no le pagasen, ni para el que no le hubiesen preparado.

Dos días después, la farmacéutica no pudo esperar más y llamó a Juana. Le dijo que médica se había enfadado con ella, y también Ernesto. La médica era ella y ninguna farmacéutica podía decirle lo que tenía que prescribir.

Pasó el tiempo, un par de meses quizás. Ernesto pasó solo, cargado con un par de bolsas del supermercado alemán. La farmacéutica al verlo, salió afuera y lo paró. Juana había muerto hacía quince días. Un ictus. Se la encontró muerta en la cocina al regresar del bar con los amigos. Ahora regresaría a Alemania con su hija. La farmacéutica volvió a la farmacia, para terminar de decorarla para la campaña de Navidad. La médica seguía por allí.

domingo, 24 de octubre de 2010

NACIONALISMO POSITIVO EN CHILE


Después de setenta días atrapados bajo la tierra, los treinta y tres mineros fueron saliendo uno a uno a la superficie en la cápsula Fénix, decorada con los colores de la enseña nacional chilena. Durante los días del milagroso rescate, la transmisión de las imágenes televisivas dejaba ver una bandera de Chile, colocada en la pared de la gruta que sirvió de cobijo a estos seres humanos, que han demostrado una fuerza, una tenacidad y un afán de lucha digno de mayor estudio.

Dicen que toda comparación es odiosa, aunque es más que probable que quien lo afirmó fuese alguien que no salía bien parado de tal comparación. A pesar de todo, no me resisto a pensar, y a establecer cierto parangón, con lo que hubiera pasado si este desastre minero, hubiera ocurrido en España. A nadie se le habría ocurrido decorar la cápsula con los colores de la bandera española, ni mucho menos que una bajase hasta el fondo de la mina. Si acaso, se hubiera inundado de enseñas autonómicas por cada representación minera que hubiera allá abajo, y presidentes de tal o cual autonomía combatirían en protagonismo, expresado en mutuas acusaciones entre ellos y sobre todo, con el gobierno central acerca del desastre.

Dicho esto en tono hiperbólico y no carente de buenas dosis de sarcasmo, tenemos que reconocer que Chile nos ha dado dos lecciones en este año, con su reacción ante la catástrofe natural del terremoto, y con otra desgracia no tan natural como la del derrumbe de la mina, de cómo extraer virtudes positivas a un concepto tan denostado en España como es el de la patria. Y cuando me refiero a la patria, me da igual cual sea, la grande o la chica, la que tenemos o la que algunos desean pero carecen. Porque la diferencia esencial para que la patria sea algo positivo o negativo, está en hacer de ella un fin común por el que crecer y hacer desarrollar a la comunidad en todas las facetas, o aquel más excluyente, que trata de establecer diferencias con otros, basadas en una presunta superioridad, ya sea moral, económica, étnica o racial.

Mientras en el caso de Chile, la movilización del país ha tenido el motor fundamental en un concepto solidario de patria, con una finalidad que excedía el protagonismo de cualquier persona o estamento, el nacionalismo en España, ya sea españolista o el de cualquier autonomía, se ha basado en la endogamia y en la superioridad del nacional, en cualquiera de sus conceptos, frente al otro.

Resulta también paradójico que la independencia de la América conquistada por un país autonomista como España, diera lugar a diecinueve países diferentes, el mismo número que nuestras diecisiete autonomías más dos ciudades autónomas, mientras que la de otro fuertemente centralista como Portugal, produjese uno solo, Brasil, que ocupa el cuarenta y nueve por ciento de la superficie de Sudamérica.

Es cierto también que el nacionalismo de cualquier tamaño, ha servido muchas veces para ocultar carencias e intereses ocultos de ciertas minorías. Esto ha sido y sigue siendo así en España en sus diversas modalidades, y especialmente en una América Latina esquilmada por sus oligarquías tanto o más que por sus antiguos conquistadores. No hay más que ver ejemplos como los que ofrece el nacionalismo bolivariano en Venezuela, o el peronista de Argentina, por poner ejemplos del continente americano, o en el caso de España, el reciente by-pass urdido por el socialista ¿? Zapatero y el PNV a los socialistas que gobiernan en el País Vasco, o el resurgimiento del nacional- catolicismo, evocando tiempos pasados en los que, en nombre de Dios, se imponía su verdad sobre la de otros.

No hay que olvidar que el nacionalismo, o un concepto endogámico de nacionalismo en el que es muy fácil caer, ha sido el causante de muchas guerras y desgracias en el mundo. Pero creo que en estos días es justo reconocerle el papel positivo que ha jugado en esta catástrofe, junto a otros conceptos puestos en tela de juicio en nuestros días, como los de familia o religión. Por ello siempre hay que tener presente el lema que nos dejó un nacionalista andaluz como Blas Infante, como señal de lo que debe ser una patria: “Andalucía, por sí, para España y la humanidad”.

miércoles, 9 de junio de 2010

NO SÉ QUÉ PONERME


Daniel Corcel, el afamado actor, estaba hecho un lío. No paraba de registrar en el vestidor, revolver la ropa una y otra vez. Sobre el tálamo conyugal, se agolpaban amontonados varios trajes de diferentes tonos, casi una docena de camisas, y un número no menor de gorros, sombreros y tocados varios. En ese momento no se sentía capaz de elegir si pañuelo o bufanda, si gorra o panamá, porque primero tenía que asegurarse qué vestimenta sería la apropiada para acudir a la entrega de premios. Para colmo, había llamado a Pietro Delanno, su diseñador favorito, y aún reencontraba de luna de miel por las islas Fidji, casi un mes después de su sonada boda con el otrora competidor Casto López, más conocido por su firma de modas Kastuloppi. En la nueva firma Kastuloppi & Delanno tampoco le daban una solución que le mereciese confianza.

― Juani, por favor, salte del jacuzzi de una puta vez, y ayúdame, por favor. Que quedan apenas veinticuatro horas para la ceremonia de los Troya, y no sé qué coño ponerme.

Un momento después, dejó de escucharse el ruido de los chorros del agua, con los oídos de Daniel notaron una cierta sensación de relax. Tras un leve chapoteo de agua, un sonido agudo y chirriante, seguido de una exclamación indisimulable, «¡coño!», para no dejar la más mínima duda, indicó que Juani había estado a punto de darse un buen costalazo al salir de la bañera.

― ¿Qué cojones quieres, Daniel? ― contestó su chica dejando un buen rastro de agua desde la bañera hasta el vestidor, a pesar de venir liada en una toalla ―. Y te tengo dicho que no me llames Juani, joder. Que luego se te escapa en la entrega de premios. Que me llames Miranda, capullo.

Daniel se encontraba sentado sobre la cama, arrugando el esmoquin rosa palo que se había puesto para la entrega de premiso del Festival de Cine de amor. Su mirada estaba perdida sobre el suelo. Bueno, lo que le dejaban sus gruesos dedos, que le tapaban casi toda la cara. Por eso no le fue difícil advertir el reguero de agua que había dejado Juani, es decir, Miranda, por toda la casa.

― Mir, mira cómo estás poniendo la casa. Que hoy están de día libre Clara Clotilde y Mildred María.

― ¿Qué cómo estoy poniendo la casa?

― …..

― ¿Qué cómo estoy poniendo la casa? ¿Y tú, cómo estás poniendo la ropa? ¿Qué quieres, que llame a mi madre para que te la planche o qué? Y te lo digo otra vez: mi madre es la única que me llama Juani. No te lo digo más.

Daniel rompió a llorar. Estaba desesperado. No sabía qué ponerse. Temía que alguno de los periodistas, alguna más bien, se diera cuenta de que repetía traje. Los dos eran conscientes de lo importante que era eso en sus carreras profesionales.

― Dani, venga. No te pongas así. Ya verás cómo encontramos una solución.

A Juani, Miranda, se le cayó la toalla, dejando a relucir esos pechos de diseño que le talló el Dr López Casas, a la sazón primo por parte de padre del recién casado Casto, más conocido como Kastuloppi. Esto la excitó, y abrazó a Daniel, con cuidado de ir echando a un lado el vestuario que andaba por medio. Pero Daniel no estaba para mucho trajín, nunca mejor dicho.

― Espérate un poco, Ju…Miranda. Primero ayúdame a elegir lo que me voy a poner. No tengo ni siquiera preparado el discurso por si me dan el premio. No sé qué voy a decir ni qué ponerme. Y hasta que no sepa qué ponerme, ni sé lo que voy a decir ni me pone nada.

Juani, o Miranda, se levantó de inmediato y se recolocó los pechos dentro de la toalla.

― ¡A ver qué te vas a poner! ¡A ver qué te vas a poner! ― repitió registrando la ropa que había sobre la cama ―. ¿Por qué no te pones esto? ― preguntó señalando una chaqueta de pana beige, que hacía juego con el pañuelo palestino que se compraron cuando asistieron al Festival de Cine de terror de Gaza.

― Es que esa me la puse para la manifestación contra la guerra.

― ¿Y esta otra? ― señalaba otra de color negro, que con la camisa negra y la corbata blanca, le daba un cierto aire distinguido, muy catalán. Y ya que los premios eran en Barcelona, podría traerte hasta buena suerte.

― Esa me la he puesto ya dos veces. Una en la manifestación contra el chapapote. Y la otra cuando ganaste tú el Paco Martínez Soria del año pasado.

A Miranda, bautizada como Juani, se le cayó otra vez la toalla. Pero esta vez de furia.

― ¿Y no te gusta repetir? ¿Y no te gusta repetir? ¿Y por qué te lo pusiste para mi premio? Sois todos iguales ― apenas respiró para continuar ―. Solo os importan vuestros cojones. En mi premio vas y repites ropa, y no te importa. Pero ahora con el tuyo…. ¿Sabes lo que te digo? Que te den por el culo, que yo voy a fumarme un cigarro.

― Pero Mir, por favor, si no es porque te lo he dicho ahora…. No te diste ni cuenta.

Pero Juani, conocida artísticamente como Miranda Raya, había salido volando para el salón en busca de un cigarrito. Volando, en el sentido estricto.

― ¡Coñoooo! ― el mojado suelo de mármol blanco hizo de sonora pista de patinaje.

― ¡Juani! ― exclamó Daniel, escuchando un sonoro ruido que no podía ser otra cosa que un tremendo costalazo.

― ¡Que no me llames Juani! ― replicó mientras se levantaba semidesnuda y con el trasero dolorido y visiblemente sonrosado.

Daniel se volvió al vestidor. Sentía cómo todo se le venía encima. Pietro de luna de miel, Miranda, es decir, Juani, enfadada y él, sin saber qué ponerse. Todo se le estaba viniendo encima. Su relación de pareja zozobraba. Incluso pensaba que, cualquier día de estos, Miranda quisiera vender una exclusiva sobre su posible ruptura de relación. O aún peor, que luego fuera a la tele a contar sus irregularidades amatorias. Para más inri, el futuro se presentaba poco halagüeño. Se había mojado demasiado por Zapatero. Al menos había quien estaba peor que él.

Trató de serenarse ordenando la ropa que había sacado del vestidor. En ese momento, vio la foto de doña Juana, la madre de su Juani, sobre su mesita de noche. Con su vestido negro y su eterno rodete. Entonces cayó en la cuenta del esfuerzo que hizo esa madre por educar a su hija, por hacer de su Juani toda una Miranda Raya. Recordó que no tenía foto de su madre en la suya. Ella no era como la de Juani, ahora Miranda. Era actriz, pero también había luchado lo suyo por él, y por inculcarle su profesión y sus principios progresistas.

Eligió el conjunto negro, el mismo del chapapote y del paco Martínez Soria. Y que saliera el solo por Antequera, que recordaba que era provincia de Córdoba. Se fue a la cocina a por la fregona. Seguro que no sería difícil manejarla. Antes entró en el baño, y puso el agua del jacuzzi a calentar.

jueves, 3 de junio de 2010

CARIÑOSO




Su frontera siempre fue la Gran Plaza. No pasaba más allá del Opencor que habían puesto en el antiguo bar de La Ponderosa, donde paraba su amigo Carlos, el vendedor de cupones. Todas las tardes, desde muy temprano, se le podía encontrar allí, en invierno o en verano. Incluso si Carlos estaba enfermo y no podía vender ese día, Currito le guardaba el espacio, como si se lo fueran a quitar.

Al mediodía se echaba su refresquito y su cigarro en el bar de al lado, esperando a que llegase Carlos. Hacía tiempo que no bebía, desde que le habían cambiado las pastillas de los nervios en Salud Mental. No le pesó abandonar la bebida, y eso que le dio más de un disgusto de jovencito, acabando en comisaría más de una vez por peleas con los hippies de los Pajaritos. Pero las pastillas y la edad, le habían cambiado por completo. O lo que se puede cambiar.

Su antiguo pelo largo rubio se había acortado al máximo, y le estaban apareciendo las canas ahora que se acercaba a la cincuentena. Las gruesas gafas que llevaba tampoco lo rejuvenecían precisamente. Había engordado unos kilos, a pesar de que su aspecto seguía siendo recio, fuerte. Sobre todo por ese cuello ancho y no demasiado largo, y sus anchas espaldas, que junto a su escasa inteligencia, le conferían una imagen de gorila que había conseguido transformar en otra más amable y bonachona.

A pesar de que hacía ya más de diez años que su madre murió ― su padre falleció bastante antes en un ajuste de cuentas entre borrachos ― se le veía limpio y cuidado. La ropa siempre la llevaba inmaculada, recién planchada, y eso que ninguna de sus dos hermanas lo visitaban más de una vez al mes. Currito se sentía orgulloso, y cuando alguien se lo hacía notar, contestaba «voy hecho un pincel», o si era por primavera, con aquello de «voy de Domingo de Ramos».

En el barrio daba por hecho que en todos sitios le fiaban, pero también es cierto que nunca dejó una cuenta por pagar, con una memoria para eso que desdecía su falta de seso y preparación para las cuentas y los estudios.

Cada vez que se cruzaba con alguien, lo saludaba diciéndole «cariñoso» o «cariñosa», y arrancaba una sonrisa hasta a las personas más solas del barrio. Le hacía los recados a mucha gente, y cuando el calor sevillano comenzaba a hacer de las suyas, se bajaba a la puerta de la casa, y apoyaba el pie en el muro del edificio de enfrente, en espera de que alguien pasase para darle conversación. Quien tuviese que pasar por allí, era más que probable que tardase quince minutos más en hacer lo que tenía pensado.

A todos les contaba cosas de tiempos pasados, y a los que eran de su edad, les hacía partícipes de aventuras pasadas juntos que nunca sucedieron. Echaba mucho de menos la bolera que estaba donde ahora hay una tienda de los chinos, en la que jugaba sus partidas de futbolín y probablemente comenzó a tomar sus primeras copas de niño.

A pesar de su pasado de alcohol y de peleas, nunca le oyó nadie decir grosería alguna a ninguna mujer. Ni siquiera en los bares de hombres que frecuentaba ― esos de serrín en el suelo para los escupitajos y carajillo mañanero ― hubo quien le lograse hacerlo cómplice de las conversaciones habituales de los paisanos.

Sólo una vez volvió a utilizar la violencia que tan mala fama le dio de joven, pero fue para agarrar a un chorizo que le había quitado género a su amigo Juanito, el del puesto de frutas del mercado. Y nada más que fue para tirarlo al suelo e inmovilizarlo mientras venía el guarda jurado. Ese día no paró de enseñarle el bíceps a la gente del barrio que lo felicitaba por su captura.

Los maridos de sus dos hermanas nunca lo quisieron demasiado. Ya habían desistido de ingresarlo en un centro psiquiátrico, por lo que habían perdido la esperanza de poder vender la casa y repartirse las ganancias. El que más insistió fue el de la Mari, la hermana pequeña, que se dejó embarazar por este tipo en el bar de alterne en el que trabajaba. A pesar de esto, tampoco jamás habló mal de sus cuñados ni de sus hermanas. Es más, cuando alguna vez lo llevaban a comprar en un hipermercado, no paraba de contarlo por el barrio, celebrando lo que había disfrutado del paseo y de las cosas que le había comprado a su hermana y sus sobrinos.

Según comentaba la rubita de la farmacia, nunca dejaba de tomar sus pastillas, y siempre presumía de lo caras que eran, como el que conduce un Mercedes. Eso había sido lo que le había hecho controlarse, porque siempre quiso tener un Mercedes como el de los toreros.

Esta mañana ha llegado la policía a la puerta de su casa. Su vecina la ha avisado, porque la tele llevaba cuatro días a toda pastilla, de día y de noche. Han roto la puerta de la casa y se han encontrado a Currito tendido boca abajo en el salón. Olía muy mal en el piso, a pesar de que todo estaba muy cuidado y no había signos de desorden.

« Dicen que debe haber sido un infarto», ha dicho otra vecina. Currito salió de su casa enfundado en una bolsa plateada, con la Mari acompañando a la policía.

Por la tarde, Juanito el frutero estaba en la cola de la lotería primitiva. Mari y su marido salieron de la casa con una caja de cartón llena de cosas.

domingo, 23 de mayo de 2010

RECUERDO DE LA PRIMERA COMUNIÓN


Ella había elegido un color rosa claro para su vestido. No muy ceñido, ni demasiado corto. Su cintura no era ya la de la avispa que se casó diez años atrás, y sus piernas delataban las varices y una incipiente celulitis, que tres embarazos no demasiado seguidos habían logrado provocar. Si es que no se tiene en cuenta que un mes antes había “subido al cuarto piso”, como le recordó Elena, su antigua compañera de colegio, inseparable en sus alegrías, y en sus más recientes desgracias.

Todavía estaba con la bata que se puso al salir de la ducha, cuando sonó el timbre del portero electrónico. Miró el reloj y se puso aún más nerviosa, viendo que sólo faltaban tres cuartos de hora para la ceremonia. Terminó de peinar a Antoñito, que se había dejado poner el fijador con una docilidad irreconocible en él. Le colgó la cruz al cuello, y dejó la chaqueta azul en la percha hasta que fuesen a salir.

Los tacones de Elena sonaban al salir del ascensor. Nada más pasar la puerta entreabierta, se miraron, y la recién llegada, que había elegido un color verde agua para su vestido, se puso a organizar a los niños, que se habían repanchingado sobre el sofá viendo Bob Esponja en Disney Channel.

Pudo al fin volver a su cuarto, y ponerse con cuidado las medias beige de redecilla que había elegido. Mientras se las colocaba, recordó cuánto tiempo hacía que unas manos de hombre no la tocaban. Recordó a Alberto, y cuanto se excitaba quitándoselas. Incluso cuando se las hacía poner, hasta en verano, antes de hacer el amor. Una gota de sudor le cayó sobre el labio, que achacó a las calores que había traído mayo.

Se secó el sudor con un disco de algodón, y se retocó con la brocha el maquillaje. Después, se puso el vestido, y el collar a juego con los tacones beige que compró para este día. Sopló para retirarse el cabello de la frente y perdió un instante para mirarse en el espejo, recogiendo algo el vientre.

Antes de salir, no olvidó coger de la cocina una bolsa, para llevar los zapatos planos por si le dolían los pies. Trajo la chaqueta y se la puso a Antoñito, que tenía el harapo de la camisa por fuera de los pantalones cortos grises.

Elena se hizo cargo de Elenita, su ahijada, y de Manuel, los hermanos de Antonio, y salieron hacia el garaje. Al ir a cerrar la puerta, no pudo evitar mirar atrás. La casa le pareció una leonera, pero aún tendría el domingo por delante para ordenar lo que había dejado, y lo que tendría que venir en forma de regalos.

El trayecto que tenían que recorrer no era muy largo, pero después necesitarían el coche para ir a la celebración, y para guardar los regalos. Antoñito se sentó a un lado Elena en la parte de atrás, que llevaba al pequeño Manuel en brazos, a pesar de las protestas de su ahijada.

Dejaron el coche en el aparcamiento público que hay cerca de la Iglesia. Al salir, sintieron el calor de esa mañana de mayo. A la puerta, otros niños como Antoñito iban de chaqueta azul, a excepción de Borja Sánchez Casas, que lucía el uniforme de marinero que su madre había anunciado que iba a ponerle, a pesar de los consejos del Padre Martínez. Otros niños, incluso alguna de las niñas, se acercaban a Borja a tirarle de la tela azul que le caía de los hombros, a pesar de los gritos histéricos de la señora de Sánchez.

Los niños fueron por un lateral de la Iglesia a reunirse con el cura, tal y como estaba previsto. Elena propuso ir a tomar un café al bar de enfrente, pero eso ya lo habían pensado muchos invitados y familiares con anterioridad, y los camareros no daban a basto con tanto café, así que decidieron quedarse en la puerta del templo, bajo la estrecha sombra de una palmera.

Las puertas de la Iglesia se abrieron, y la luz del sol se fue adentrando en el templo, abriéndose paso entre los bancos. Las amigas decidieron entrar, buscando el frescor que salía del interior. Se sentaron en el banco que había reservado para la familia.

*****

El frescor del templo había desaparecido, y la tranquilidad inicial se había vuelto algarabía de niños correteando por los pasillos y adultos conversando. Ya estaban todos. Los abuelos, los tíos, los primos…..sólo faltaba Alberto. Un canto de entrada hace ponerse de pie a los asistentes. El Padre Martínez abre la procesión de niños, que cantan dando la bienvenida a sus familias.

Alberto llega detrás de la procesión. Ha elegido el traje beige que tan justo le estaba. Ahora le sienta mejor. Ya no se peina con raya, sino hacia atrás. Y tiene el pelo más largo. Sonríe y se disculpa a un tiempo. Pretende sentarse en el banco de la familia con su nueva compañera. Elena mira a su hermana con ojos de odio, que decide irse hacia atrás. Una gota de sudor cae sobre los labios de su amiga. Se sopla el flequillo

jueves, 6 de mayo de 2010

TALAVERA


Como todos los miércoles, allí estaba. Mirando a un lado y otro de la calle, esperando a que yo llegue, y me diga lo de siempre, que es muy tarde para abrir. A pesar de que, sabiendo lo que me esperaba, llegue un cuarto de hora antes de lo previsto. Y luego, sus excusas, que si tiene el reloj estropeado y le adelanta… Paquita tiene en su hoja de ruta tomarse la tensión a primera hora de la mañana de los miércoles, antes de llegar a su casa a tomarse la pastillita. A las ocho y cuarto en el bar de Paco, a tomarse su descafeinado y su media de mantequilla, y de allí directamente a la farmacia, sin pasar por su casa a lavarse los pocos dientes que aún le quedan.

Menos mal que en el barrio se aparca bien porque, a pesar de saber lo que me espera cada semana, no puedo evitar ponerme nervioso. Estas son las ventajas de trabajar en un barrio obrero: aparcas estupendamente cuando ellos ya se han ido al tajo.

Me da coraje ser tan servil, pero esto es lo que hay. Paquita, y otros como ella, siempre me amenazan con que tienen a la puerta de su casa otra farmacia, y no está la cosa para perder clientela, que a ver cómo pago yo el apartamento en la playa que se ha empeñado en comprar la jodía de mi señora. ¡Una oportunidad! Sí, sí, una oportunidad….puerta con puerta de mi suegra. Nunca hay dinero para nada, pero ésta sí que era una oportunidad. Mejor no seguir, que el día acaba de empezar.

El sol está empezando a pegar fuerte. Vaya cómo ha venido la primavera este año. Paquita se ha hecho a un lado de la reja, a donde todavía los rayos de sol no le alcanzan. No me está viendo llegar y se mira otra vez el reloj digital negro de los chinos que no estoy seguro de que entienda. Unas señoras vestidas de gitana me recuerdan que hoy sale la Hermandad del Rocío del barrio. Ni así perdona Paquita la tensión. No tiene interés por otra cosa que no sea su ruta habitual. Y en esa estoy yo, porque encima no quiere con nadie que no sea conmigo.

Su vestido con pintitas moradas de siempre, su arrugada bolsa del DÍA en la mano, donde guarda el monedero de croché, y su colgante al cuello con la foto de Fray Leopoldo. No falla. Ni siquiera sus zapatillas negras, con el dedo gordo del pie izquierdo asomando por el agujero. Aunque hoy trae otra bolsa grande. Con un cuadro, parece.

― Paquita…

― Hombre Agustinito, ya era hora de que llegaras. Se te han pegado las sábanas… ¿O es que… a tu mujer y a ti os gusta hacerlo por la mañana?

― Paquita, que son las nueve y cuarto, que todavía falta un cuarto de hora para que abramos.

― ¿Seguro? Será que el reloj se me adelanta otra vez. Voy a ir a ver al chino nada más que salga de que me tomes la tensión, para que me lo arregle otra vez. Me costó seis euros y nunca ha andado bien.

Me agacho a abrir los cerrojos de la persiana. La uña del pie de Paquita se le está clavando en la carne. Y con el colorcito que tiene, se le va a infectar.

― ¿No lo llevó a arreglar la semana pasada?

― Sí, pero el chino lo toquetea, empieza a decir unas cosas muy raras, y acaba diciéndome “ya está, ya está”, con su sonrisita. Y me lo ha dejado igual que estaba.

En ese momento, sale del portal de la casa Anita, la vecina del tercero, con el carro de la compra. El corazón se me acelera, al verla con su blusa blanca entreabierta, tras la que se adivinan esos pechos redondos de silicona que su marido le regaló al hacer cinco años de casados.

― Agustín ― es Ana quien me habla ―. A ver si cuando vuelva de la compra subes y me tomas la tensión. No sé si serán las cervicales ― sonríe.

Siento una gota de sudor, que me cae hasta el ombligo, cuando la veo alejarse hacia el supermercado. Abro la puerta de la farmacia y Paquita me sigue.

― Tenga usted cuidado, que esto está muy a oscuras.

Al momento, comienza a pitar la alarma.

― ¡Agustín, quita ese ruido, que me va a subir más la tensión!

Apago la alarma. Antes de encender las luces, me meto una caja de preservativos en el bolsillo. También voy a coger esa pastilla nueva que ha salido, la de la eyaculación precoz. No es que la necesite, pero la silicona…. Y por si acaso Eugenia me pide guerra esta noche cuando llegue a casa, me voy a llevar la Viagra más flojita.

Paquita se sienta a hacer tiempo para que le tome la tensión. Se le cae el cuadro al apoyarlo junto a la mesa y le cuesta trabajo volver a ponerlo en su sitio. Enciendo los ordenadores. Por la puerta entran Juani y Ernesto. Esto de que los empleados lleguen después que el jefe sólo se ve aquí. Juani está espléndida, como siempre. Pero eso que pienso no se puede volver a repetir, porque cualquier día me la lía, y tengo yo aquí a los sindicatos, y a mi cuñada con la papela del divorcio, que estas abogadas feministas no se cortan un pelo, y menos con la familia.

Me siento con Paquita, que se abre de piernas y se sube un poco la falda. Sus piernas blancas descubren unas varices pronunciadas que hacen juego con su vestido.

― Paquita, cierre las piernas, que se me va a resfriar….Y no me tiente, que uno es un hombre casado.

Juani le da una patada al cubo de la limpieza y desparrama parte del agua con jabón por el suelo de la farmacia. Seguro que me ha escuchado. Que se joda. Sin levantar la cabeza, retira el cubo y friega con energía aprovechando el agua derramada.

― Esta juventud no sabe lo que es limpiar ― me cuchichea Paquita ―. A ver si subes a mi casa y te enseño lo que es un buen fregao, Agustinito.

Paquita descubre sus escasos y renegridos dientes al reírse.

― Usted lo que tiene es que echarse un buen novio, que hay muchos que entran en la farmacia que están de muy buen ver.

― De ninguna manera ― a Paquita se le cambia la cara, y no es precisamente porque le esté apretando el aparato de la tensión.

― Cállese ahora, que le estoy tomando la tensión ― le contesto sin quitarme el fonendo de los oídos.

― Esos tíos son unos guarros. En el bar donde paro, en el del Paco, hay unos viejos que nada más que quieren tocarme las tetas cuando voy a desayunar.

Miro a la puerta y veo a Anita que llega a la puerta de la casa. Del carro de la compra saca unas zanahorias y me las enseña. Se le cae el MARCA, que habrá comprado para el marido. Sudo. Siento que el pantalón me aprieta. ¿Por qué no me pondría la bata desde el principio?

― Agustinito, ¿qué te ha pasado en el pito?

― Coño, Paquita, desde que se ha operado de cataratas además le ha dado por la poesía.

― ¿Y no hay nada de eso para mi?

― Paquita, que tiene que buscarse a alguien de su edad. Y así hacemos negocio usted y yo. La primera Viagra corre de mi cuenta.

Sin contestarme, abre la bolsa en la que guardaba el cuadro o lo que sea. Es su foto de novia. No parece ella.

― ¿Es usted, Paquita? Está muy guapa ahí.

― ¿Verdad que sí? Con lo feliz que yo iba, y como salió todo después, con el cerdo de mi marido.

― ¿Por qué dice eso?

― Porque después me enteré que era un guarro y un putero.

― ….

― El cura me lo contó. ¡Y no me lo dijo antes! Si lo llego a saber…

―…..

― Después de la noche de bodas, nunca más volví acostarme con él. Y así siguió hasta que se murió de una cosa mala. ¡Merecido se lo tenía!

Y yo que siempre había pensado que no tenía hijos por otra cosa. Y mira que estaba de buen ver, con esas pechuguitas…

Paquita se levanta. Se recompone el vestido y se abrocha un botón del pecho, que no había reparado en que estaba abierto.

― Hasta el miércoles. Y no llegues tarde, Agustinito.

Entro en la farmacia. Juani está subida a la escalera, limpiando el polvo a los botes de porcelana de la colección que me regalaron los de Bayer. Está en la misma postura en la que comenzó aquello. ¿Por qué tendré las manos tan largas?

Juani me mira de soslayo cuando entro en el cuarto de baño a retocarme un poco. Un poquito de colonia no me vendrá mal. Un buchito de colutorio, para tener la boca más fresquita. Y un retoque en el peinado, que hoy hace viento.

― Voy a ingresar al banco ― me excusé mientras hacía el paripé de ir hacia la caja fuerte.

Uno de los albarelos cae justo detrás de mí.

― Disculpe, don Agustín, ha sido sin querer.

Su mirada no era precisamente de disculpa. ¿Oleré mucho a colonia?

― Es que me acordé que usted fue al banco a ingresar ayer mismo. Y no habrá mucho dinero en la caja.

― No importa, tengo que ir al banco de todas formas. Era por aprovechar el paseo.

―…..

― Y no te preocupes por el albarelo. Al menos no era el de cerámica de Talavera.

Imposible no recordar aquellas guardias de noche con Juani. Hasta que el primer “te quiero” salió de su boca y se cortó todo.

Me doy la vuelta y me voy. Paquita todavía está en la puerta, justo en el portal, hablando con una vecina. No puedo llamar al timbre de Anita. Sigo en dirección del banco. Cruzo la calle. Me doy cuenta en ese momento que me he olvidado el móvil en la farmacia. Con tantos paquetes en los bolsillos…

No importa, para qué lo voy a necesitar. Aunque no me vendría mal para decirle a Anita que voy. Porque Paquita no se va de la puerta.

Me voy a tomar un café al bar de Paco, pero me doy la vuelta. Nunca me ha gustado besar a alguien con aliento a café.

Veo a Anita a través de la ventana. Le hago señas. Está en camisón. ¿O será que la veo como yo la quiero ver? De lo que estoy seguro es de que no está vestida como antes. Porque lo que lleva es celeste.

Sudo, pero no noto nada abajo. ¿Será que voy a pegar el gatillazo? ¿Y si me tomo la pastillita? Voy a pedirle un vaso de agua a Paco. O mejor, una Coca- Cola, para hacerle gasto. Que luego no diga. No quiero seguir dándole excusas para que vaya a la otra farmacia.

Parto el blister en el bolsillo y saco la pastilla. Antes de tomármela miro, no vaya a ser que coja la otra. Es la azul. No hay duda.

Paquita se va por fin. Me voy a un lado para cruzar, porque veo a Juani en uno de los escaparates. Llamo por el telefonillo. Los segundos que tarda en abrirme la puerta me parecen eternos. Entro despacio. El olor a garbanzos del portal me pone más nervioso. Llamo al ascensor. Entro justo cuando oigo bajar por el ascensor a alguien.

La puerta de Anita está entreabierta. Paso adentro. Ya noto los efectos de la pastillita azul. Me parece que voy a necesitar la otra. Maldita silicona.

La silicona ha podido conmigo. La próxima vez voy a tener que tomar ración doble. Bajo a toda prisa. Al salir, me encuentro a Paquita de nuevo en la puerta. La saludo entrando a toda prisa a la farmacia.

Veo a mi cuñada vestida de gitana en el mostrador de la farmacia. Lleva unos papeles en la mano y los palillos en la otra.

― Agustinito, que se te sale el pajarito ― oigo detrás de mí.

Me miro los pantalones. Un sonido a porcelana rota se escucha dentro de la farmacia.